El fenómeno de la moda puede entenderse como un instrumento de los sistemas de poder mediante el que se instala, a través de las lógicas del consumo, una estrategia de control y ordenamiento social que de manera contradictoria, permite acciones estéticas que se rebelan en contra de dinámicas comerciales y las instituciones que sostienen, clasifican, valoran y controlan. Esto le permite situarse como expresión cultural en el tiempo acelerado de la secularización máxima e intentar transformar la realidad, para lograr condiciones de bienestar que ni lo propiamente moderno ni lo específicamente posmoderno pudieron lograr (Lipovetsky, Gilles. Los tiempos hipermodernos. Barcelona, Anagrama, 2006). Esta posibilidad y necesidad subversiva de la moda, surge como producto de la imposibilidad de creación de un paradigma diferente que reemplace su función alienante en la modernidad y que no se limite, como las propuestas ingenuas de la posmodernidad, a declarar su muerte y a llorar por ella.
La moda cuando actúa de forma independiente, en tanto posibilidad creativa de transformar la cultura, puede ser entendida como una manera o modo narrativo estético que produce situaciones y propician un juego colectivo del que se desprenden formas de circulación diferentes a las establecidas por la sociedad del espectáculo y del consumo. La moda es entonces una experiencia cotidiana en la que las personas hacen declaraciones socioculturales y crean diálogos a partir de juicios estéticos, esto es, del gusto


